Hoy Morena puede resolver una de las preguntas que durante meses ha ocupado buena parte de la conversación política en Chihuahua. La dirigencia nacional tiene prevista la definición de quien encabezará la Coordinación Estatal de la Defensa de la Transformación y la Soberanía Nacional, una posición que políticamente perfila a quien conducirá al movimiento rumbo a la elección de 2027, aunque formalmente la candidatura tendrá todavía sus propios tiempos y procedimientos. La atención se ha concentrado principalmente en dos nombres: Cruz Pérez Cuéllar y Andrea Chávez.
Hoy puede salir humo guinda. Puede ser Cruz. Puede ser Andrea. Seguramente, cuando aparezca el nombre, vendrán las fotografías, los abrazos, los mensajes de respaldo y una palabra que en “la polaca” suele utilizarse con enorme facilidad precisamente cuando más difícil resulta conseguirla: unidad.
Quizá estamos demasiado entretenidos preguntándonos quién va a ganar como para detenernos en una pregunta mucho más importante. ¿Qué va a pasar con quien pierda?
Una elección interna no termina cuando anuncian al ganador. En ocasiones, ahí apenas comienza el verdadero problema. Ganar una encuesta puede entregar una coordinación; conseguir que quienes compitieron caminen después en la misma dirección requiere otra cosa. No se consigue con un comunicado, no aparece automáticamente en una fotografía y mucho menos se decreta desde la Ciudad de México.
Morena lleva meses insistiendo en la importancia de conservar la cohesión interna. El propio Cruz Pérez Cuéllar ha hablado públicamente de cerrar filas, sumar y preservar la unidad una vez terminada esta etapa. No estamos hablando de cualquier cosa: Chihuahua fue una de las entidades donde la definición se prolongó precisamente en medio de una competencia interna intensa. Cruz no llega solo, Andrea tampoco.
Alrededor de ambos se han formado equipos, simpatías, estructuras, relaciones y grupos que durante meses han trabajado pensando que su proyecto puede encabezar Morena en 2027. Sabemos que cuando durante tanto tiempo le dices a los tuyos que vas a ganar, explicarles después que ahora deberán trabajar con el que les ganó puede resultar bastante más complicado que levantarle la mano durante treinta segundos. Esta es la primera prueba.
Si sale Cruz y Andrea reconoce el resultado, se incorpora realmente al proyecto y quienes caminaron con ella hacen lo mismo, Morena habrá conseguido algo más importante que elegir coordinador: habrá logrado mantener dentro de la misma casa a dos fuerzas que compitieron durante meses. Si sale Andrea y Cruz hace exactamente lo mismo, la ecuación será idéntica.
SEA QUIEN SEA.. Una cosa es quedarse en Morena, y otra muy distinta es quedarse a trabajar por Morena. Existe una enorme diferencia entre levantarle la mano al ganador, y meter las manos por él.
Puede llegar la fotografía de unidad, el abrazo, el discurso correcto y hasta la declaración de que “aquí no pasó nada”. Pero la verdadera unidad no se mide por cuántas sonrisas caben frente a una cámara. Se mide semanas después, cuando toca movilizar estructuras, convencer a quienes quedaron inconformes y trabajar para que gane precisamente la persona contra la que llevabas meses compitiendo.
Hablemos de otro escenario: EL DE LA RUPTURA.
No existe hoy base para afirmar que Cruz o Andrea vayan a abandonar Morena si el resultado no les favorece. Decirlo como hecho sería inventar una historia que todavía no existe. Pero analizar la posibilidad política es otra cosa, particularmente cuando partidos aliados ya han enviado señales alrededor de esta definición. El PVEM llegó a condicionar públicamente su alianza en Chihuahua al respaldo de Cruz, mientras que desde el PT se han expresado apoyos que han variado durante el proceso y, apenas hace unos días, Reginaldo Sandoval volvió a manifestarse a favor de Andrea Chávez.
Por eso una ruptura, si alguna vez ocurriera, no consistiría solamente en cambiar una camiseta guinda por otra de diferente color. La pregunta sería qué tanto podría llevarse consigo quien decidiera salir.
¿Se iría solo? ¿Lo acompañarían operadores? ¿Liderazgos? ¿Estructuras territoriales? ¿Simpatizantes? ¿Alguno de los partidos que hoy orbitan alrededor de Morena?
Nadie puede responder hoy esas preguntas con certeza. Pero precisamente por eso la unidad que tanto se menciona después de los procesos internos no es una frase decorativa. Es matemática política.
Mientras Morena resuelve quién encabezará su proyecto, del otro lado también comienzan a moverse las piezas.
En Chihuahua se ha hablado públicamente de conversaciones entre PAN y PRI rumbo a 2027, mientras dirigentes panistas han reconocido acercamientos con Movimiento Ciudadano. Eso no significa que hoy exista una coalición PAN-PRI-MC formalmente acordada; por ahora es un escenario en construcción y tendría que superar diferencias, intereses, candidaturas y decisiones partidistas antes de convertirse en realidad.
Ahí aparece la paradoja que puede terminar definiendo mucho más que cualquier encuesta. Morena necesita evitar dividirse. Sus adversarios necesitan descubrir si pueden unirse. Esas dos operaciones son bastante más complicadas de lo que parecen.
Una eventual alianza opositora podría sumar estructuras y electorados distintos, pero tendría que resolver quién encabeza, en qué condiciones y cuánto está dispuesto a ceder cada partido, aunque ya se sabe que sería Marco Bonilla. Morena, por su parte, parte de una estructura nacional y estatal común, pero deberá demostrar que la competencia entre sus grupos termina cuando aparece el nombre del coordinador.
Sería demasiado simplista intentar escribir hoy quién llega mejor parado a 2027, todavía faltan decisiones fundamentales.
Lo que sí podemos observar es que el tablero puede cambiar dependiendo de algo que ninguna encuesta resuelve por sí sola: quién logra sumar, y quién comienza a restarse.
Si Morena conserva unidos a Cruz, Andrea, sus estructuras y sus aliados, llegará al siguiente tramo con una configuración. Si después de la definición aparecen fracturas, tendrá otra.
Si PAN, PRI y eventualmente MC consiguen construir un acuerdo electoral, el escenario será distinto. Si no lo consiguen, también.
Y si ambos lados terminan peleándose dentro de sus propias casas, entonces habrá que sacar otra vez el tablero porque las elecciones rara vez se deciden solamente por el tamaño de quien comienza adelante. También importan los pedazos que cada quien va dejando en el camino.
Martillazooo final
Dentro de unas horas probablemente tendremos un nombre. Cruz o Andrea. Habrá un ganador y alguien que no obtuvo lo que buscaba. Pero cuando se apaguen las cámaras y termine la fotografía, comenzará una elección mucho más silenciosa que ninguna dirigencia puede resolver mediante encuesta: La decisión del que perdió. Quedarse, sumarse, simular que se suma, alejarse o romper.
Dentro de unas horas empezaremos a conocer realmente qué ganó Morena hoy. Puede ganar un coordinador y conservar a los dos proyectos. Puede ganar un coordinador y perder una parte del otro, o puede descubrir que resolver quién iba primero era mucho más sencillo que conseguir que quien quedó segundo siguiera empujando el mismo carro.
Mientras tanto, enfrente ocurre exactamente lo contrario. PAN, PRI y eventualmente Movimiento Ciudadano tendrán que descubrir si tres casas diferentes pueden construir una puerta común sin terminar peleándose por quién se queda con las llaves.
Hoy todos estarán pendientes de una persona. Yo estaría pendiente de dos. Del que salga sonriendo con el nombramiento, y del que tenga que sonreír sin él.
Esa segunda sonrisa puede decir muchísimo más sobre 2027 que el discurso del ganador. Sea Cruz. Sea Andrea.
SEA QUIEN SEA, EL VERDADERO RESULTADO NO SERÁ SABER QUIÉN GANÓ HOY, SINO DESCUBRIR QUÉ HACE MAÑANA QUIEN PERDIÓ.
¡El que entendió, entendió!… Y los demás que se vayan comiendo su orgullo o que se arranquen pa’otro lado.
MARTILLAZOOO!
QDTB SIEMPRE y recuerda que lo mejor está por venir!
