Cuentan que en un reino lejano vivían tres animales extraordinarios. El águila dominaba los cielos, el tiburón recorría las profundidades del océano y el lobo conocía cada rincón de las montañas. Ninguno necesitaba demostrar demasiado. El águila volaba, el tiburón nadaba y el lobo corría. Cada uno tenía sus habilidades, conocía sus terrenos y sabía perfectamente hasta dónde podía llegar.
Un día, el viejo búho organizó una competencia para descubrir quién era el mejor. El águila ganó volando, el tiburón nadando y el lobo corriendo. Todos quedaron satisfechos, menos un cuarto animal que llevaba rato observando. Aquel personaje quería ganar las tres pruebas, aunque nunca había destacado especialmente en ninguna. Consiguió unas plumas, se amarró unas aletas y comenzó a presumir que pronto sería el mejor del reino. Se lanzó desde una piedra intentando volar, casi se ahogó queriendo nadar y terminó agotado tratando de alcanzar al lobo.
El búho se acercó y le preguntó qué chingados estaba haciendo. El animal respondió que quería demostrar que podía ocupar cualquier lugar del reino. El viejo soltó una carcajada y le contestó: “Una cosa es querer superarte, cabrón… y otra creer que puedes hacer de todo nomás porque se te antojó”.
EN EL MUNDO DE LOS HUMANOS TAMBIÉN SOBRAN LAS PLUMAS…La historia parece una simple fábula, pero basta con mirar alrededor para encontrar personajes que se parecen demasiado al animal de las plumas prestadas. Los vemos en empresas, oficinas, instituciones y en esos pasillos donde abundan las aspiraciones. Gente que apenas termina de ocupar una silla y ya anda buscando la siguiente, convencida de que haber llegado a determinado puesto significa estar preparada para cualquier otra responsabilidad.
Algunos han pasado por diferentes oficinas, han tenido cargos importantes, han administrado dependencias y conocido de cerca el funcionamiento del gobierno. Esa experiencia puede ser valiosa, pero no convierte automáticamente a nadie en especialista de todo. Una cosa es tener un currículum largo y otra muy diferente es que todas las responsabilidades te queden a la medida. Hay trabajos que requieren habilidades distintas, equipos diferentes y conocimientos que no se consiguen solamente cambiando la placa de la puerta.
Tampoco faltan quienes confunden la cercanía con el poder con la capacidad para ejercerlo. Se acostumbran a que les abran puertas, les acomoden sillas, les organicen reuniones y les digan que están preparados para lo que venga. De tanto escuchar elogios, pueden terminar creyendo que las plumas prestadas son alas propias. Entonces aparece una pregunta bastante sencilla: ¿quieren llegar a otro puesto por lo que pueden hacer en él o solamente por el gusto de ocuparlo?
UNA COSA ES QUERER Y OTRA PODER… Nadie debería quedarse toda la vida en el mismo lugar si tiene capacidad y ganas de crecer. Faltaba más. Pero tampoco estaría mal reconocer que cada responsabilidad tiene sus propias exigencias. Haber desempeñado un cargo público no demuestra, por sí solo, que alguien tendrá éxito en otro. Para eso importan la preparación, los resultados, la experiencia concreta y la capacidad de responder ante problemas diferentes.
En ocasiones, el problema no es la falta de oportunidades, sino la costumbre de mirar siempre hacia la siguiente silla. Todavía no terminan de recoger los papeles del escritorio anterior y ya andan midiendo las cortinas del próximo despacho. No han terminado de demostrar lo que podían hacer en un lugar y ya quieren convencernos de todo lo que harán en otro.
Lo curioso es que el águila nunca necesitó anunciar que sabía volar, simplemente abrió las alas. El tiburón tampoco organizó una conferencia para presumir sus habilidades en el agua, se metió al océano. El lobo conocía sus montañas y las recorría sin pedirle permiso a nadie.
Las habilidades se demuestran haciendo las cosas, no anunciando que algún día se harán.
Martillazooo final
Pasaron los días y el búho volvió a reunir a los animales. El águila seguía volando, el tiburón nadando y el lobo recorriendo las montañas. El cuarto apareció nuevamente, aunque ahora traía unas alas más grandes, unas aletas carísimas y varios admiradores que aseguraban que estaba preparado para cualquier responsabilidad.
El búho le preguntó si ya sabía volar. “Todavía no”. ¿Nadar? “Estoy aprendiendo”. ¿Correr? “Ya contraté un entrenador”. Entonces quiso saber qué estaba buscando ahora.
El animal levantó la cabeza, infló el pecho y respondió: —Quiero ser el próximo rey del reino.
El búho lo miró de arriba abajo, observó las plumas, las aletas y a quienes no dejaban de aplaudirle. Finalmente soltó: “¡No chingues! Todavía no sabes cómo te va a ir con el terreno que dejaste caliente… ¿y ya quieres gobernarlos todos?”
Aquella tarde el águila regresó al cielo, el tiburón desapareció entre las olas y el lobo tomó el camino de las montañas. Los tres siguieron haciendo aquello que conocían. El cuarto se quedó frente al espejo, acomodándose las plumas y ensayando cómo se vería sentado en el trono.
¡El que entendió, entendió!… Y los demás que sigan presumiendo las alas, nomás no se les ocurra saltar al precipicio antes de aprender a volar
MARTILLAZOOO!
QDTB SIEMPRE y recuerda que lo mejor está por venir!
