El hacha puede seguir golpeando… No todo golpe merece respuesta

Dicen que hubo un bosque tan grande que ningún leñador se atrevía a entrar solo. Los árboles eran viejos, fuertes y estaban tan juntos que sus ramas prácticamente se abrazaban unas con otras. Habían soportado tormentas, sequías, incendios y aquellos inviernos en los que parecía que nada volvería a florecer.

Siempre florecían, hasta que una mañana apareció un hacha. Los árboles la observaron desde lejos y algunos comenzaron a preocuparse. El más joven quiso dar la alarma, pero uno de los árboles mayores lo tranquilizó. —No tengas miedo, mira bien, el mango es de madera, es uno de los nuestros. Y el bosque continuó tranquilo.

Ése fue el error. El primer golpe cayó antes del mediodía, después vino otro, y otro.

El hacha avanzaba con una facilidad que ninguno entendía. Sabía exactamente dónde golpear, conocía cuáles ramas estaban débiles, qué árboles tenían grietas, dónde dolía más y hasta por dónde resultaba más sencillo entrar.

Parecía conocer el bosque demasiado bien, hasta que uno de los árboles descubrió la verdad: el mango del hacha había salido de ahí mismo. No era madera desconocida, no venía de otro bosque, había crecido junto a ellos, había recibido la misma lluvia, había compartido la misma tierra y durante años había estado bajo la misma sombra. El hacha podía cortar porque alguien del propio bosque le había dado de dónde agarrarse.

El árbol sintió rabia, quiso gritar, quiso correr por todo el bosque contando lo que acababa de descubrir. Quería señalar al responsable, enseñar las marcas, reunir a los demás y demostrar quién había entregado la madera.

Entonces escuchó una voz, la voz era el árbol más viejo del bosque. —¿A dónde vas? —A decirles la verdad. —¿Para qué? —Para que todos sepan quién nos traicionó. El viejo permaneció en silencio. —¿Tú ya sabes quién fue? —Sí. —¿Puede volver a engañarte? —No. —¿Volverías a confiarle una rama? —Jamás.

El viejo movió lentamente sus hojas. —Entonces ya aprendiste lo que necesitabas aprender. El árbol joven no entendió. —¿Quieres que me quede callado? —No. Quiero que entiendas que conocer la verdad no siempre te obliga a correr detrás de quien está contando una mentira.

Aquella frase le molestó, él quería justicia, o quizá quería algo mucho más humano. Quería que todos supieran que él tenía razón.

Durante días observó al hacha. La escuchó contar su propia versión, la vio explicar que jamás había querido lastimar al bosque, incluso llegó a decir que algunos árboles prácticamente se habían caído solos.

El árbol conocía la verdad, tenía ganas de responder, y muchas. Pero comenzó a darse cuenta de algo. Cada minuto que pasaba tratando de demostrar quién era el hacha era un minuto en el que él dejaba de crecer, entonces dejó de mirar hacia allá. Volvió a echar raíces, volvió a buscar el sol, volvió a producir hojas, y siguió viviendo.

Con el tiempo aprendió una de esas lecciones que nadie quisiera aprender, pero que una vez aprendidas difícilmente se olvidan: el enemigo que viene de frente puede lastimarte; el que estuvo sentado a tu lado sabe exactamente dónde hacerlo.

El desconocido tiene que buscar tus debilidades, el cercano ya las conoce. Sabe qué te preocupa, qué te duele, qué amas, qué temes perder y cuáles puertas dejaste abiertas al confiar en él. Por esto algunas de las heridas más profundas rara vez vienen de personas completamente desconocidas, vienen de quien alguna vez tuvo acceso.

Existe otra parte de la historia de la que casi nadie habla, descubrir una traición también es recibir información. Dolorosa, sí. Carísima algunas veces. Información al fin.

Descubres quién estaba contigo por cariño y quién por conveniencia. Quién celebraba tus victorias y quién solamente esperaba su oportunidad. Quién conocía tus debilidades para protegerlas y quién las estaba memorizando para utilizarlas algún día. Al principio quieres respuestas, después quieres explicaciones. Más tarde quizá quieras que la otra persona pague.

Hasta que un día que descubres algo mucho más poderoso: ya no quieres absolutamente nada de ella. Ni explicación, ni disculpa, ni venganza, ni siquiera necesitas que los demás conozcan tu versión. Ese día algo cambia.

Hay personas que continuarán contando historias aun después de que tú hayas abandonado la conversación. Seguirán justificándose, explicándose y tratando de convencer a cualquiera dispuesto a escuchar. Déjalas. No necesitas comprar boleto para todas las funciones donde alguien decidió convertirte en personaje.

La madurez también consiste en comprender que no todas las máscaras necesitan que tú las arranques. Algunas terminan cayéndose solas. Y si no caen, ttambién está bien. Tú ya viste lo que necesitabas ver.

LOS BOSQUES TAMBIÉN EXISTEN EN LA POLÍTICA, esta semana Chihuahua dejó una escena que, guardando todas las proporciones, sirve para entender otra parte de esta historia. A días de la visita de la presidenta Claudia Sheinbaum a Ciudad Juárez, el secretario general de Gobierno, Santiago de la Peña, señaló públicamente que había faltado comunicación oportuna desde la ayudantía de Presidencia. Dijo que no tenía información precisa sobre algunos detalles de la gira, que desconocía si la invitación correspondiente ya había llegado al despacho de la gobernadora Maru Campos y recordó que durante la visita anterior sí existió coordinación con el Estado e incluso se solicitaron apoyos para la organización del evento. Hasta ahí.

Santiago habló, señaló lo que consideró una falla. Pidió esperar la comunicación oficial y sostuvo algo que debería resultar absolutamente normal entre gobiernos de distinto color: es importante mantener una buena relación institucional entre la Presidencia de la República y el Gobierno del Estado.  No hizo falta convertir una diferencia de comunicación en una guerra política. Eh aquí otra enseñanza del bosque: La sabiduría no consiste en quedarse callado siempre, consiste en saber cuándo hablar, cuánto decir y, sobre todo, cuándo dejar de hablar.

Puedes señalar una diferencia sin incendiar el bosque. Puedes defender una posición sin convertir al otro en enemigo. Puedes decir “esto no está funcionando” sin necesidad de comenzar una guerra para demostrar quién manda. En estos tiempos eso vale doble.

Federación y Estado pueden tener diferencias políticas, pueden pertenecer a proyectos distintos, pueden discutir presupuestos, obras, seguridad, carreteras o cualquier asunto público.

Claudia Sheinbaum es presidenta de México. Maru Campos es gobernadora de Chihuahua. Los ciudadanos necesitan que ambas instituciones puedan sentarse a la misma mesa aunque no voten por el mismo color. Esto no es rendirse, esto es gobernar. Quizá la política podría aprender algo del árbol viejo.

Hay momentos para levantar la voz. Hay momentos para defenderse. Hay momentos para denunciar. Hay otros momentos donde después de haber dicho lo necesario, lo más inteligente es esperar, coordinar y seguir trabajando. Responder absolutamente todo tampoco es fortaleza. A veces solamente significa que alguien más aprendió exactamente qué botón debe presionar para controlar tu reacción.

Martillazooo final

Pasaron los años. El bosque volvió a crecer. Nacieron ramas nuevas donde antes quedaron heridas. Regresaron los pájaros. La sombra volvió a cubrir la tierra y aquellas cicatrices que durante un tiempo parecieron enormes terminaron convertidas en una pequeña parte de troncos mucho más fuertes.

El hacha todavía aparecía de vez en cuando. Seguía contando su versión. Algunos le creían. Otros no.

Al árbol dejó de importarle. Había descubierto que la tranquilidad comienza el día en que dejamos de necesitar que todo el mundo conozca nuestra verdad.

Él sabía lo que había sucedido. Sabía quién había sido. Sabía dónde había cometido el error. Y, sobre todo, había aprendido algo que valía muchísimo más que ganar cualquier discusión: ya sabía a quién jamás volvería a entregarle una rama.

Qué curioso. Durante mucho tiempo pensó que para vencer al hacha tendría que romperla. Después entendió que estaba equivocado. El hacha necesitaba madera para poder golpear, y esa madera ya no volvería a salir de él.

El que entendió, entendió… En la vida, en los negocios y también en el poder, tarde o temprano aprendemos quién llegó para ayudar a que nuestro bosque creciera, y quién solamente estaba buscando madera.

Si algún día descubres que el mango del hacha salió de tu propio bosque, aprende. Aléjate. Protege tus raíces. Sigue creciendo. Y recuerda algo: al hacha que alguna vez te lastimó no siempre tienes que destruirla… A VECES BASTA CON NO VOLVER A DARLE MADERA.

MARTILLAZOOO!

QDTB SIEMPRE y recuerda que lo mejor está por venir!

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