Dicen que en un bosque vivía un chango que con los años había desarrollado una habilidad extraordinaria: podía detectar las colas ajenas desde la rama más alta. No importaba dónde estuviera ni qué estuviera haciendo, bastaba con que algún animal destacara, recibiera ayuda, consiguiera un lugar importante o simplemente comenzara a llamar la atención para que el chango apareciera brincando entre los árboles.
—¡Miren la cola del conejo! Al día siguiente era el venado. —¡Que explique cómo llegó hasta ahí! Después le tocaba a la ardilla. —¡Pregúntenle quién la ayudó!
Si algún animal recibía el respaldo de otro más poderoso, aquello era suficiente para que el chango armara semejante escándalo que hasta los animales del otro extremo del bosque terminaban enterándose.
Con el tiempo dejó de ser una ocurrencia y prácticamente se convirtió en oficio. El chango sabía quién era amigo de quién, quién había ayudado a quién, quién tenía familiares dentro del bosque, quién había recibido algún respaldo años atrás y hasta quién se había sentado alguna vez a comer con quién.
Tenía una memoria privilegiada para las historias ajenas. ¡AH! Pero cuando alguien intentaba preguntarle por la suya, curiosamente aquella extraordinaria memoria comenzaba a fallar.
Una mañana encontró al conejo caminando tranquilamente y decidió iniciar otra de sus inspecciones. —¡Miren nada más esa cola! —gritó desde una rama—. ¡Alguien debería preguntarle cómo consiguió todo lo que tiene! Los animales se acercaron y el chango continuó hablando. Cuestionó los méritos del conejo, recordó quiénes lo habían apoyado, habló de sus amistades y hasta comenzó a preguntar por quienes vivían en su madriguera.
Fue entonces cuando apareció el búho. Había permanecido durante largo rato escuchándolo. —Chango, ¿alguna vez has volteado hacia atrás? El chango levantó las cejas. —¿Hacia atrás? ¿Para qué? —Para mirar tu cola. Hubo silencio. El chango se indignó. —¡No estamos hablando de mí! El búho sonrió. —Contigo nunca estamos hablando de ti. Ése es precisamente el problema. Algunos animales comenzaron a reír. —¡Mi cola no tiene absolutamente nada que ver con la del conejo! —respondió el chango. —En eso tienes razón —contestó el búho—. Que tu cola sea larga no vuelve corta la del conejo. Si el conejo tiene algo que explicar, que lo explique, pero señalar todos los días la cola del conejo tampoco hace desaparecer la tuya.
El bosque quedó en silencio, y por primera vez en mucho tiempo, ttambién el chango.
EN “LA POLACA” SOBRAN LOS INSPECTORES DE COLAS
La política está llena de personajes extraordinariamente parecidos a aquel chango. Personas capaces de recordar durante años quién recomendó a quién, quién recibió determinado respaldo, quién tiene amigos poderosos, quién pertenece a determinado grupo, quién consiguió determinado puesto y hasta quién tiene familiares ocupando espacios importantes.
La vida pública debe cuestionarse. Los méritos pueden discutirse, las trayectorias pueden revisarse y las relaciones políticas pueden ponerse bajo la lupa.
El problema comienza cuando esa lupa solamente funciona hacia adelante. Algunos desarrollan una habilidad sorprendente para reconstruir la historia del adversario hasta la quinta generación, pero tienen enormes dificultades para encontrar la puerta de su propia casa. Conocen perfectamente los padrinos ajenos, los amigos ajenos, los familiares ajenos, los respaldos y los nombramientos ajenos. Lo saben absolutamente todo, claro está, siempre que la historia pertenezca a otra familia.
Solamente basta con cambiar la dirección de la pregunta para que aparezcan inmediatamente las explicaciones: Que aquello fue diferente. Que esa persona sí tenía méritos. Que no debe confundirse amistad con influencia. Que una relación familiar no demuestra absolutamente nada. Que conocer a alguien poderoso no significa que le debas tu trayectoria. Y ¿saben qué? probablemente tengan razón.
Tener amigos no descalifica a nadie, tener familiares en la vida pública tampoco, recibir respaldo político no elimina automáticamente los méritos de una persona y conocer a alguien poderoso no convierte por sí mismo una trayectoria en ilegítima. Pero entonces, hay que aceptar una regla bastante sencilla: si esos argumentos sirven para explicar tu casa, también deben servir para analizar la casa del vecino.
Resulta demasiado cómodo exigir currículum, méritos, independencia, antecedentes y árbol genealógico cuando hablamos del de enfrente, y pedir prudencia cuando alguien voltea hacia nuestra mesa.
Hay algo que aquel chango nunca terminaba de comprender: tener cola no te quita el derecho de señalar otra. Lo que te quita es el privilegio de fingir que naciste sin ella.
Se puede cuestionar, criticar y señalar contradicciones, incluso puedes considerar que alguien no tiene los méritos suficientes para ocupar determinado lugar. También existe un pequeño riesgo cuando conviertes eso en costumbre: que algún día, de tanto andar buscando dónde poner el pie, termines pisando exactamente “la cola que llevabas arrastrando”.
Pasaron los días y el chango volvió a recorrer el bosque. Había intentado olvidar aquella conversación con el búho, pero la costumbre era demasiado fuerte. Encontró una cola corta, después una larga y más adelante otra bastante enredada. Nuevamente comenzó el espectáculo. —¡Miren ésta! Brincó hacia otra rama. —¡Y aquella! Después señaló hacia el otro extremo. —¡Que explique de dónde salió!
El chango estaba tan entretenido mirando hacia adelante que no se dio cuenta de que su propia cola había quedado extendida sobre la rama. Dio un paso, después otro. Levantó el dedo para señalar una cola más…Entonceeeesss… ¡MADRES! El chango pegó un grito que se escuchó por todo el bosque. —¡AY! ¡ME PISARON LA COLA! Todos voltearon. El conejo no estaba cerca, el venado tampoco, la ardilla seguía arriba de su árbol, nadie había tocado al chango.
El búho bajó lentamente la mirada hacia la pata del animal, después miró su cola, y finalmente le dijo: —No, chango… ésa te la pisaste tú solito.
El bosque volvió a quedarse en silencio. Aquella mañana el chango finalmente entendió algo que llevaba años negándose a aprender: nadie había necesitado investigar su cola. Nadie había salido a perseguirlo. Nadie había tenido siquiera que pisársela. Él mismo la había puesto debajo de su pata mientras estaba demasiado ocupado señalando las de los demás.
En “la polaca” todos tienen derecho a cuestionar, a preguntar, a señalar, a exigir méritos, y hasta a levantar la voz cuando consideran que algo está mal. Solo hay que tener cuidado que la vara que utilizas para medir al de enfrente deba sobrevivir el día que alguien decida utilizarla para medir al que tienes en casa.
Puedes dedicar años a buscar colas ajenas, puedes encontrarlas, exhibirlas, cuestionarlas e incluso intentar pisarlas. Nada de esto hará desaparecer la que llevas detrás. Es más, algunas veces ni siquiera será necesario que llegue alguien a pisártela, bastará con que hables demasiado, que señales demasiado, que preguntes demasiado, y que, en una de ésas, hagas exactamente la pregunta que nunca quisiste que te hicieran a ti.
Por eso, antes de brincar nuevamente de rama en rama buscando la siguiente cola…conviene mirar dónde estás poniendo la pata.
Martillazooo final
Podemos pasar media vida buscando quién tiene cola que le pisen, hasta que un buen día descubres que la tuya estaba ahí desde el principio.
Lo peor no será que alguien haya venido a pisártela, LO PEOR SERÁ DESCUBRIR QUE TE LA PISASTE TÚ SOLITO.
¡El que entendió, entendió! … Los demás que sigan volteando hacia atrás no se vayan a caer pisando su misma y gran gran gran cola.
P.D. En esta ocasión no diremos quién tiene la cola más grande, porque se nos puede enojar Luisito… ¡UPS! Se me chispotió.
MARTILLAZOOO!
QDTB SIEMPRE y recuerda que lo mejor está por venir
