Cualquier parecido a la realidad en la Ciudad de Chihuahua, es pura coincidencia, aunque tenga fecha y nombre.
Cuentan que hace muchos años, en un reino, donde el trono pronto cambiaría de dueño, apareció un hombre convencido de que había nacido para gobernar, todavía no llevaba corona, todavía no ocupaba el palacio, todavía no era rey. Sin embargo, caminaba por las calles con la seguridad de quien ya se imaginaba sentado en la silla principal. Saludaba a todo el mundo, abrazaba a los niños, escuchaba a los ancianos y sonreía para cualquiera que quisiera observarlo, él pensaba que se estaba ganando el cariño del pueblo, solo él se lo imaginaba.
Con el tiempo entendió que los discursos tenían un límite, las palabras podían convencer por un momento, pero un gran espectáculo permanecería en la memoria durante mucho más tiempo, entonces decidió organizar el banquete más grande que aquel reino hubiera visto.
Mandó levantar enormes carpas en la plaza principal, las mesas parecían interminables, la carne se asaba desde el amanecer, el pan salía caliente de los hornos y los músicos tocaban sin descanso. Había comida para todos, regalos para los niños y vino que corría como si nunca fuera a terminar. El ambiente era de fiesta, cada sonrisa parecía un voto de confianza y cada aplauso alimentaba aún más el sueño de aquel hombre que deseaba convertirse en rey.
Los habitantes del reino no hablaban de otra cosa: “Qué hombre tan generoso, mira cómo convive con el pueblo, así debería gobernar un rey.“
El aspirante sonreía satisfecho, no necesitaba decir en voz alta que quería la corona, los comentarios de la gente lo decían por él.
Mientras todos disfrutaban del banquete, un anciano permanecía sentado bajo la sombra de un árbol, no había probado un solo bocado, no había recibido regalo alguno, simplemente observaba, miraba las mesas, la comida, los músicos, los adornos, el ir y venir de la gente y, sobre todo, al hombre que caminaba saludando como si el reino ya fuera suyo.
Cuando el banquete terminó y los últimos aplausos comenzaron a apagarse, el anciano tomó su bastón y caminó lentamente hacia el centro de la plaza, no levantó la voz, no hizo escándalo, no señaló a nadie, solo formuló una pregunta: Si todavía no eres rey, ¿Quién pagó el banquete?. La plaza quedó en silencio, los músicos dejaron de tocar, los sirvientes dejaron de recoger las mesas, hasta el viento pareció detenerse.
El hombre intentó sonreír, cambió de conversación, ordenó repartir los últimos regalos y pidió que la música volviera a sonar, pero ya era demasiado tarde. Hay preguntas que, una vez pronunciadas, no desaparecen con otro aplauso ni con otra fotografía. Entonces el anciano acomodó su sombrero, tomó nuevamente su bastón y dijo una frase que el reino repetiría durante generaciones: “La verdadera generosidad nunca le teme a la transparencia.”
Martillazooo final
En “la polaca” también existen los banquetes, algunos se llaman recorridos, otros reuniones, festivales o encuentros ciudadanos. Todos son válidos dentro de la vida pública, lo que también es válido y muy importante es que, cuando terminan los aplausos, siempre aparecen preguntas que ninguna fotografía alcanza a responder:
¿Quién organizó todo?, ¿Con qué recursos?, ¿Quién cubrió los gastos?, y muchas otras.
Preguntar eso no es desconfiar, es exigir claridad. Cuando una pregunta sencilla provoca más incomodidad que toda la fiesta quizá el problema nunca fue la pregunta, sino la ausencia de una respuesta clara.
Ni hablar, y como dice el viejo : “El que paga la música decide qué canción se toca.”
El que entendió, entendió! Los demás que sigan disfrutando el banquete.
P.D. Al que le quede el chaleco ya sabe que hacer, pero corriendo porque solo queda uno.
MARTILLAZOOO!
QDTB SIEMPRE y recuerda que lo mejor está por venir!
