“Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo, tú y tu casa.” Hechos 16:31
Hay oraciones que hacemos por nosotros mismos, pero existen otras que llevan nombres y apellidos. Son aquellas en las que pensamos en nuestros hijos, nuestros padres, hermanos, nietos, esposa, esposo, amigos y en todas esas personas que amamos y quisiéramos ver caminando cerca de Dios.
El pasaje de hoy nace en una situación límite. El carcelero de Filipos estaba desesperado y preguntó a Pablo y Silas qué debía hacer para ser salvo. La respuesta fue directa: “Cree en el Señor Jesucristo.”
No le pidieron demostrar primero que era suficientemente bueno. No le presentaron una lista de méritos que debía acumular. Le señalaron a Jesús.
Y esa verdad sigue siendo poderosa para nosotros.
LA SALVACIÓN NO COMIENZA CON LO BUENOS QUE LOGREMOS SER, SINO CON AQUEL EN QUIEN DECIDIMOS PONER NUESTRA FE.
Creer en Jesús significa reconocer que necesitamos de Él, confiar en Su gracia y permitir que esa fe comience también a reflejarse en nuestra manera de vivir. No significa convertirnos instantáneamente en personas perfectas. Significa comenzar un camino en el que Cristo ocupa el lugar que antes intentábamos llenar solamente con nuestras propias fuerzas.
Pero hay una parte de este versículo que toca especialmente el corazón:
“TÚ Y TU CASA.”
Cuando conocemos el amor de Dios es natural quererlo también para quienes amamos. Queremos ver nuestra casa protegida, pero sobre todo queremos verla cerca de Dios. Queremos que nuestros hijos tengan fe, que nuestros padres tengan paz, que nuestros hermanos encuentren dirección y que quienes forman parte de nuestra familia conozcan personalmente a Jesús.
Esto no significa que nuestra fe sustituya la decisión personal de cada integrante de nuestra familia. Cada persona debe responder a Dios. Pero sí nos recuerda que el Evangelio que llega a una vida puede comenzar a transformar también un hogar.
El carcelero creyó, abrió las puertas de su casa y aquella misma noche su familia escuchó la Palabra.
UNA PERSONA QUE DECIDE CAMINAR CON DIOS PUEDE CONVERTIRSE EN EL INICIO DE UNA HISTORIA DIFERENTE PARA TODA UNA FAMILIA.
Quizá llevas años orando por alguien.
Y no ves cambios.
Tal vez incluso parece estar más lejos.
No te canses de orar.
No conviertas la oración en presión ni la fe en discusiones permanentes. Muchas veces nuestro testimonio puede hablar donde nuestras palabras ya no alcanzan. Que quienes viven contigo puedan encontrar en tu manera de actuar una razón para preguntarse qué está haciendo Dios en tu vida.
Ora por ellos por nombre.
Por ese hijo.
Por esa hija.
Por tus padres.
Por tus hermanos.
Por tu pareja.
Por quien hoy está atravesando una crisis.
Y también por aquella persona de tu familia que parece ser la más difícil de alcanzar.
NO DES POR PERDIDO A ALGUIEN POR QUIEN TODAVÍA PUEDES ORAR.
Tal vez tú mismo eres resultado de las oraciones que alguien hizo durante años sin alcanzar a ver inmediatamente la respuesta.
Hoy presenta nuevamente tu casa delante de Dios. No desde la desesperación, sino desde la fe. Haz tu parte: ama, perdona, enseña, corrige cuando corresponda, da ejemplo y sigue orando.
Y después confía en que Dios sabe tocar corazones de maneras que nosotros jamás podríamos.
ORACIÓN
Señor Jesús, hoy pongo mi fe en Ti y reconozco que necesito de Tu gracia cada día. Gracias por la salvación y por la oportunidad de comenzar nuevamente contigo. Pero hoy no quiero orar solamente por mí. Pongo delante de Ti a mi familia. Tú conoces cada nombre, cada necesidad, cada herida y cada corazón. Acércate a quienes están lejos, fortalece a quienes están débiles y permite que nuestro hogar sea un lugar donde Tu presencia sea evidente. Ayúdame también a ser un buen testimonio para ellos y a nunca cansarme de orar. En el nombre de Jesús. Amén.
HAY ORACIONES QUE NO TERMINAN EN NOSOTROS. LLEVAN EL NOMBRE DE NUESTROS HIJOS, NUESTROS PADRES, NUESTROS HERMANOS Y DE TODOS AQUELLOS QUE AMAMOS.
HOY VUELVE A PONER TU CASA EN LAS MANOS DE DIOS.
QDTB SIEMPRE.
Lo mejor está por venir.
