Dicen que el poder no cambia a las personas. las presenta, puede ser. El poder también hace otra cosa bastante cabrona: llena mesas, engorda agendas, multiplica amigos, provoca abrazos, mejora los chistes y consigue que personas que antes ni siquiera recordaban tu nombre de pronto descubran que “siempre creyeron en ti”. Esto no es exclusivo del político que aparece en la boleta, también le pasa al funcionario, al secretario, al director, al coordinador y, a veces, hasta al que apenas le prestaron tantito poder y rápidamente empieza a comportarse como si viniera escriturado a su nombre.
El fenómeno comienza despacito, ganas una elección, recibes un nombramiento, te mencionan para una candidatura o simplemente empiezas a aparecer en las encuestas. De repente cambia el clima. El teléfono suena más, las invitaciones aumentan, los mensajes que antes tardaban dos días en contestarte reciben respuesta en treinta segundos, entras a un restaurante y alguien levanta la mano: “¡Mi querido amigo! ¡Vente para acá!”, te hacen espacio, acercan una silla, sirven café, preguntan por la familia y se ríen de tus chistes por más malo que este sea ¡Jajajaja!. Ahí deberías empezar a preocuparte, porque pocas cosas son más peligrosas para un político o funcionario que contar un chiste pendejo y descubrir que toda la mesa se está ca…ando de risa.
El poder tiene una mesa enorme: ahí se sienta el amigo de toda la vida, pero también el amigo que apareció antier; el empresario que quiere platicar un proyecto, el operador que busca una posición, el proveedor que casualmente quiere saludarte y, por supuesto, el que no quiere absolutamente nada, salvo cinco minutos de tu tiempo. Todos llegan sonriendo, todos preguntan cómo estás, todos están preocupadísimos por tu futuro. Poco a poco ocurre algo peligrosísimo: empiezas a creer que la mesa está llena por ti, no por el cargo, la influencia, las relaciones o aquello que puedes conceder, recomendar, gestionar o destrabar. No, por ti.
Hay un nivel todavía superior del cariño político: cuando además traes la chequera, este ya es otro rollo, ya no eres querido, ERES EL REY. Tus llamadas se contestan al primer timbrazo, tus mensajes tienen respuesta apenas los envías, siempre aparece una mesa disponible y casualmente todo mundo tiene tiempo para tomarse un café contigo. Proveedores, empresarios, gestores y amigos recién descubiertos encuentran virtudes tuyas que ni tu madre conocía. Eres inteligente, visionario, generoso, buen amigo y hasta cuentas buenos chistes. Qué curioso que tantas cualidades aparezcan exactamente cuando eres tú quien decide quién va a cobrar.
La chequera también tiene fecha de caducidad. Un día deja de estar en tu escritorio y pasa al escritorio de otro. De pronto ocurre uno de los fenómenos más rápidos de la naturaleza política: el cariño cambia de oficina. Los mismos que antes preguntaban “¿Cómo estás, amigo?” ahora quieren saber quién quedó en tu lugar. No necesariamente son malos, algunos simplemente nunca fueron amigos solo eran clientes del poder. Entonces entiendes una diferencia bastante cabrona: una cosa es que te quieran y otra que les convenga quererte.
El político y el funcionario deberían recibir dos documentos cuando llegan al poder. El primero, su nombramiento, el segundo, una advertencia: “A partir de hoy aumentará considerablemente el número de personas que te quieren.” El cargo tiene una capacidad reproductiva impresionante: produce amigos y muchísimos. Amigos que abrazan, escriben, invitan, defienden y hasta encuentran fotografías de hace quince años para demostrar que “venimos juntos desde abajo”. También están los mejores: los que te quieren tanto que quieren acompañarte al siguiente cargo. “jefe, nosotros estamos con usted hasta donde llegue”. Qué frase tan bonita. Aunque quizá convendría preguntar: ¿Y si no llego? Ahhhhh., una cosa es acompañarte hasta donde llegues y otra muy distinta acompañarte cuando ya no llegaste.
El aplauso es una droga cabrona, el problema no es que te reconozcan; el problema empieza cuando dejas de distinguir entre quien te aplaude porque hiciste algo bien y quien te aplaude porque necesita algo de ti. Entonces el amigo que advierte “creo que la estás regando” empieza a incomodar. El asesor que dice “los números no están bien” se vuelve negativo. El periodista que pregunta algo difícil “trae consigna”. Pero el cabrón que todos los días asegura “¡jefe, vamos con madre!”, ese sí sabe, ese sí entiende y ese sí es leal. Hasta que un día descubres que el que te decía la verdad se fue y el que te decía lo que querías escuchar sigue cobrando quincena.
Tampoco confundas obediencia con lealtad. La obediencia dura mientras existe jerarquía; la lealtad puede sobrevivir cuando desaparece. El empleado dice “sí, señor”, el proveedor contesta, el operador obedece y el que necesita algo espera, pero nada de eso significa necesariamente cariño, ni siquiera respeto. El poder provoca comportamientos que fácilmente pueden confundirse con afecto: te abren la puerta, reservan la mesa, contestan rápido, te invitan primero y escuchan durante veinte minutos, aunque estés diciendo puras pendejadas. Entonces piensas: “Qué querido soy.” No necesariamente, campeón. Quizá solamente firmas.
Hay una prueba mucho más confiable que cualquier encuesta para saber cuánto poder conserva un político o funcionario: el tiempo que tardan en contestarle WhatsApp. Cuando estás arriba mandas “Buenos días” y aparece: “¡jefe! Qué gusto saludarlo. Dígame en qué le puedo ayudar”. Cuando comienzas a caer pasan dos horas: “Disculpa, andaba en reunión”. Peor aún, cuando ya no tienes cargo mandas “Buenos días” … última vez hoy a las 11:47. El mismo cabrón que antes contestaba antes de que terminaras de escribir ahora tiene una agenda que aparentemente administra la NASA. Y cuidado: el teléfono funciona perfectamente, tiene señal, tiene batería. WhatsApp no se cayó, lo que se cayó fue tu capacidad de resolverle algo.
Hasta aquí alguno pensará que exagero, que estoy construyendo una bonita fábula sobre el poder, ¡No! Algunas cosas no me las contaron, las vi de cerca, tan cerca que alguna vez también confundí saludos con afectos, llamadas con amistades y mesas llenas con cariño. Quizá por eso aprendí que el poder tiene una fecha de caducidad que casi nunca viene escrita en el nombramiento. Cuando estás dentro cuesta verlo, todo parece natural, crees que te llaman porque quieren hablar contigo, que te invitan porque disfrutan tu compañía y que se acercan porque existe amistad. Hasta que un día cambia una sola cosa: ya no tienes el cargo, entonces descubres cuáles relaciones eran tuyas y cuáles venían incluidas con la oficina.
Imagínese la escena: durante años ese hombre entraba al mismo restaurante y antes de cruzar la puerta ya había manos levantadas: “¡Gobernador!”, “¡alcalde!”, “¡Diputado!”, “¡secretario!”, “¡jefe!”, “¡Mi querido amigo!”. Le juntaban mesas, movían sillas, alguien pedía otro café y otro aprovechaba para tomarse una fotografía, nunca comía solo. El poder siempre tenía hambre y siempre encontraba compañía.
Hasta que un día se acabó. Perdió, terminó el cargo, no llegó la candidatura, cambió el gobierno, da igual. Volvió al mismo restaurante, entró, nadie levantó la mano, nadie movió una silla, nadie gritó su nombre. Algunos lo vieron y rápidamente volvieron a mirar el plato. Se sentó solo, pidió café, sacó el teléfono, esperó. Nada. Revisó WhatsApp, tenía señal, tenía batería, todo funcionaba perfectamente. Eso fue lo peor porque entonces entendió algo que nadie se había atrevido a explicarle: no se había quedado sin teléfono, se había quedado sin poder. ¡Tsssss!
El poder no solamente te presta amigos, también te presta importancia. Mientras tienes cargo, hasta con quién desayunas genera lectura política. Cuando lo pierdes, puedes desayunar con quien quieras y a nadie le importa. Aquí descubres la diferencia entre ser importante y ocupar un puesto importante. Quizá por eso algunos políticos y funcionarios no saben irse, buscan otra candidatura, otra dirección, otra coordinación, otra diputación, otra cosa, lo que sea. No siempre porque quieran seguir sirviendo, a veces porque detrás de la puerta existe algo aterrador: volver a ser uno más.
Va la pregunta obligada para cualquiera que hoy tenga poder, dígase Gobernador, alcalde, diputado, senador, secretario, director, funcionario, dirigente, empresario influyente o aspirante a lo que sigue, etc.: si mañana pierde el cargo, desaparece la camioneta, entrega la chequera, deja de repartir posiciones, ya no puede recomendar a nadie, deja de decidir y nadie necesita quedar bien con usted… ¿CUANTOS DE LOS QUE HOY LO LLAMAN “AMIGO(A)” SEGUIRÍAN MARCÁNDOLE EL LUNES? No para pedirle algo, no para felicitarlo, no para hablar de la siguiente elección, simplemente para decir: “¿Cómo estás, cabrón? Vamos por un café”. Cuéntelos. Quizá ahí descubra su verdadera encuesta, y esa no se puede cucharear.
Martillazooo final
El poder tiene una crueldad maravillosa: primero te llena la mesa y después te enseña quiénes solamente tenían hambre. Y, si además traías la chequera, la lección puede ser todavía más rápida: cuando tú decides quién va a cobrar, nunca falta quien quiera sentarse a tu mesa. El pedo empieza cuando la chequera cambia de escritorio.
El que te aplaude no necesariamente te quiere, el que te obedece no necesariamente te respeta, el que te halaga no necesariamente te admira, el que te acompaña no necesariamente es tu amigo, y el que hoy pelea por sentarse junto a ti, mañana puede cruzar el restaurante para no saludarte.
El cargo termina, la oficina se entrega, la camioneta cambia de pasajero, la chequera cambia de manos, los escoltas reciben otra instrucción, la agenda se vacía, el teléfono se tranquiliza y los “amigos” descubren nuevos amigos. Ya no hay “jefe”, “señor secretario”, “señor director”, “presidente” etc. Queda solamente tu nombre y la persona que eras antes de que todos comenzaran a aplaudirte.
En este punto de la vida con el poder, sabrás si construiste amigos o solamente acumulaste interesados; si sembraste respeto o repartiste favores; si generaste lealtades o compraste obediencias temporales, y, sobre todo, descubrirás si la gente quería sentarse contigo o con tu cargo.
Por eso a la persona con poder que hoy entra a un restaurante y todos quieren acercarle una silla yo solamente le recomendaría una cosa: fíjese bien quién sigue sentado cuando ya no haya nada que repartir. Esos son los buenos, los demás eran parte del mobiliario del poder, y el mobiliario se queda en la oficina.
¡El que entendió, entendió!… Y el que quiera saber cuántos amigos tiene realmente, que pierda el poder, entregue la chequera y vuelva a contar las sillas.
MARTILLAZOOO!
QDTB SIEMPRE y recuerda que lo mejor está por venir!
