Si EL DICCIONARIO DE LAS MENTIRAS necesitara prólogo en Chihuahua, seguramente habría fila para escribirlo. Pero como alguien tiene que inaugurar esta edición, podríamos concederle unas páginas a un viejo conocido de MARTILLAZOOO: Le llamaremos César a secas, y al que le quede el chaleco que se lo ponga, porque personas con ese nombre hay muchas aquí en Chihuahua. Es César no por capricho, es porque la memoria todavía sirve.
Cuando ocurrió aquel episodio que terminó con la muerte de dos agentes estadounidenses vinculados a la CIA y elementos mexicanos en la Sierra de Chihuahua, las explicaciones oficiales comenzaron a dar vueltas. Primero se aseguró que los extranjeros no habían participado en el operativo contra el narco laboratorio y que se encontraban realizando actividades de capacitación lejos del lugar. Después vinieron cuestionamientos desde la Presidencia de la República sobre cambios en esa versión. Finalmente, el propio C reconoció que la información con la que se contaba había sido inconsistente, admitió omisiones institucionales y presentó su renuncia como fiscal. Una explicación, luego otra. Después aclaraciones sobre la aclaración. Hasta que aquello terminó enseñándonos una vieja lección: una versión no se convierte en verdad nomás porque salga de un micrófono oficial.
Pero C sigue insistiendo. Recorridos, reuniones, fotografías, abrazos, aplausos y uno que otro que seguramente le asegura que ahora sí la cosa va viento en popa. Y es precisamente aquí donde nos encontramos con una de las preguntas más incómodas de la política: ¿Cómo distinguir al que te aplaude porque cree en ti del que te aplaude porque espera algo de ti? También para eso existe este diccionario. Al interesado le dicen aliado. Al adulador, operador. Al lambiscón que jamás se atreve a decirte una verdad incómoda, asesor. Al grupo que te acompaña a todos lados, estructura. Y cuando todos alrededor terminan diciéndote exactamente aquello que quieres escuchar… “el proyecto está creciendo”.
Quizá C debería olvidarse por cinco minutos de encuestas, fotografías, reuniones y aplausos para hacerse una pregunta mucho más sencilla: ¿Cuántos de los que hoy me aplauden seguirían sentados conmigo si mañana ya no tuviera absolutamente nada que repartir? Ufff! Pero tampoco te emociones César, no vamos a echarte encima todo el costal. Nomás te concedimos unas páginas del prólogo, aquí hay lugar para todos, y vaya que viene competido.
Vivimos tiempos curiosos, tiempos en los que parece que ya no importa tanto lo que hacemos, sino el nombre bonito que encontramos para explicarlo. Nos hemos vuelto expertos en disfrazar las cosas con palabras elegantes, suavizar lo incómodo, maquillar lo evidente y construir explicaciones suficientemente bonitas para no tener que llamar a las cosas por su nombre.
A la mentira le decimos estrategia. A la traición, diferencia de opiniones. A la ambición desmedida, legítima aspiración. Al oportunismo, experiencia política. Al lambiscón que únicamente le dice al jefe lo que quiere escuchar, asesor. Al derroche, promoción. A la soberbia, carácter. A la imposición, acuerdo. Al fracaso, aprendizaje. Al que cambia de camiseta según sopla el viento, pragmático. Al que ayer juraba una cosa y hoy defiende exactamente la contraria, experimentado. Y cuando alguien se atreve a señalar que el emperador anda desnudo, resulta que el problema no es el emperador: el problema es quien se atrevió a decirlo.
Así hemos construido poco a poco un enorme diccionario de las mentiras. No se vende en librerías, pero muchos políticos parecen traerlo debajo del brazo. Tiene miles de páginas y constantemente aparecen nuevas ediciones. Cada vez que una palabra comienza a resultar demasiado incómoda, inventan otra para sustituirla.
La política de Chihuahua tampoco se salva. Aquí, si un funcionario empieza a dedicar más tiempo a la grilla que a la responsabilidad para la que fue nombrado, no está descuidando la chamba: “anda construyendo”. Si alguien empieza a recorrer colonias, organizar reuniones, promover su imagen y levantar la mano antes de tiempo, tampoco anda en campaña: “está cerca de la gente”. Si ocho quieren sentarse en la misma silla, no existe pleito: “hay una gran riqueza de perfiles”. Si comienzan los codazos, las filtraciones y los golpes debajo de la mesa, tampoco existe división: “hay democracia interna”. Qué bonito. Hasta dan ganas de enmarcarlo.
Si desde arriba les dicen que se tranquilicen, ellos escuchan que todavía hay posibilidades. Si les piden respetar los tiempos, entienden que deben acelerar. Si reciben una señal de que quizá por ahí no va la cosa, aparece inmediatamente el asesor estrella con una encuesta debajo del brazo para explicar que en realidad van creciendo. Y si el camino comienza a cerrarse, tampoco está cerrado. Según el asesor… apenas se está poniendo interesante.
Ahí es donde el diccionario se vuelve maravilloso. Perder ya no es perder, es reposicionarse. Quedarse fuera no es quedarse fuera, es esperar los tiempos. Recibir un estate quieto no es un estate quieto, es una señal de apertura. Quedarse sin apoyos tampoco significa quedarse solo, significa que ahora el proyecto es ciudadano. Si después de todo eso todavía no alcanza, siempre queda aquella maravillosa frase que ha salvado más carreras políticas que cualquier encuesta: “Todavía falta mucho.” Claro que falta mucho. El problema es que a veces falta tanto que cuando finalmente llega el momento, el candidato ya se acabó.
También existe una palabra particularmente delicada: traición. Esa casi nadie quiere utilizarla. Cuando alguien llega a una responsabilidad gracias a la confianza de otra persona, construye relaciones, recibe espacios, poder, exposición y oportunidades, pero después decide caminar por otro rumbo, inmediatamente aparece todo un ejército de traductores para explicarnos que no hubo rompimiento alguno. Fueron “diferencias”, fue “una decisión personal”, fue “un nuevo proyecto”, fue “una visión distinta”. Puede ser. Cada historia tendrá sus circunstancias, pero tampoco exageremos con el diccionario. Hay momentos en los que las palabras elegantes ya no alcanzan para tapar lo evidente.
Lo mismo ocurre con la corrupción, ahora casi nadie roba. Existen irregularidades administrativas, observaciones, inconsistencias, errores de procedimiento y diferencias contables. Todo depende del tamaño del despacho encargado de redactar el comunicado. Tampoco existen malos gobiernos, hay administraciones con “áreas de oportunidad”. No hay funcionarios incapaces, hay servidores públicos “en proceso de adaptación”. No existen promesas incumplidas, existen “compromisos pendientes”. No existe derroche, hay “inversión en posicionamiento”. No existe propaganda, hay “comunicación institucional”. No hay desesperación electoral, existe “activismo territorial”. ¡Caray! A este paso, dentro de poco tampoco habrá derrotados, solamente habrá ganadores que recibieron menos votos.
Pero sería muy cómodo repartir martillazos únicamente entre los políticos. Los medios también tenemos nuestro propio diccionario y vale la pena reconocerlo: Al rumor podemos llamarle exclusiva. A una versión interesada, información privilegiada. A la publicidad disfrazada, contenido. A una consigna repetida todos los días, narrativa. A publicar únicamente lo que conviene, línea editorial. A convertir cualquier tontería en escándalo, tendencia. Y a repetir una mentira suficientes veces hasta conseguir que media ciudad hable de ella, posicionamiento.
Las redes sociales llevaron ese juego todavía más lejos. Hoy cualquiera puede parecer querido si tiene suficientes likes, puede parecer importante si consigue suficientes reproducciones, puede parecer líder si logra llenar una fotografía, puede parecer ganador si paga la encuesta correcta, puede parecer cercano si carga un niño durante treinta segundos frente a una cámara. Pero la realidad tiene una mala costumbre: no usa filtros.
Puedes editar la fotografía, puedes escoger el ángulo, puedes contratar al mejor asesor, puedes pagar publicidad, puedes presumir encuestas, puedes llenar las redes de aplausos, puedes bloquear a quien te critique, puedes rodearte de gente que te diga todos los días que eres extraordinario, puedes incluso construir tu propio diccionario para explicar cada fracaso, pero cuando llega la realidad… la realidad no sabe leer comunicados.
Nosotros, los ciudadanos, tampoco podemos hacernos los inocentes. También hemos aprendido a utilizar palabras bonitas para justificar nuestras propias contradicciones. Al “todos lo hacen” lo usamos para perdonar aquello que sabemos que está mal. Al “no pasa nada” para ignorar lo que después nos terminará afectando. Al “siempre ha sido así” para renunciar a exigir algo mejor. Al “a mí qué” hasta que el problema llega a nuestra puerta.
Quizá por eso hemos llegado al punto en el que decir la verdad parece un acto de rebeldía. No necesariamente una verdad absoluta, nadie la posee completa. Hablamos de algo mucho más sencillo: dejar de disfrazar lo evidente. Si alguien hizo bien su trabajo, reconocerlo. Si lo hizo mal, decirlo. Si alguien tiene méritos, reconocerlos. Si alguien se equivocó, señalarlo. Si existe una buena decisión, aplaudirla, aunque venga de quien no nos gusta. Si existe una mala decisión, cuestionarla, aunque venga de quien sí nos gusta. Eso debería ser normal. Pero hemos construido tantos bandos, intereses, equipos, asesores, porristas y trincheras que terminamos creyendo que reconocer la realidad significa traicionar a alguien. Y no, la verdad no debería necesitar camiseta.
Martillazooo final
Tal vez la gran mentira de nuestros tiempos sea precisamente creer que basta cambiarle el nombre a las cosas para cambiar lo que son. No funciona así, la mentira sigue siendo mentira aunque venga acompañada de una encuesta, la traición sigue siendo traición aunque la disfracen de proyecto personal, la corrupción sigue siendo corrupción aunque el comunicado la llame irregularidad, la ineptitud sigue siendo ineptitud aunque exista un ejército de comunicadores tratando de explicarla, la soberbia sigue siendo soberbia aunque el asesor diga que es liderazgo, el fracaso sigue siendo fracaso aunque después de perder publiquen que “el proyecto salió fortalecido”. Y un mal gobernante seguirá siendo un mal gobernante aunque tenga miles de likes, millones gastados en promoción y una colección completa de encuestas diciéndole todas las mañanas lo maravilloso que es.
Al final hay cosas que ningún diccionario puede arreglar. Puedes ponerle perfume, puedes envolverla, puedes cambiarle el nombre, puedes contratar a alguien para que explique durante tres horas que aquello realmente significa otra cosa, pero hay una vieja verdad que no necesita asesor, encuesta ni comunicado: Cambiarle el nombre a la …ierda no hace que huela a rosas, así de sencillo.
Tal vez deberíamos volver a acostumbrarnos a llamar las cosas por su nombre. Sin maquillaje, sin traductores, sin palabras domingueras, sin miedo a incomodar. Al pan, pan, al vino, vino, y al martillo, martillo.
¡El que entendió, entendió! Los demás pueden seguir buscando palabras bonitas en EL DICCIONARIO DE LAS MENTIRAS. Al final, todos cabemos en el mismo costal, aquí seguiremos llamando a las cosas por su nombre.
MARTILLAZOOO!
QDTRB SIEMPRE y recuerda que lo mejor está por venir!
