A veces bastaba solo un golpecito…

Quienes crecieron hace varias décadas seguramente recuerdan aquellas tardes en las que toda la familia se reunía frente al televisor para ver su programa favorito. No existían plataformas para elegir qué mirar, ni cientos de canales disponibles las veinticuatro horas, lo que aparecía en la pantalla era lo que todos disfrutaban juntos.

Aquellos televisores tenían su carácter. de pronto la imagen se llenaba de rayas, o aparecía aquella “nieve” que impedía distinguir los rostros, a veces el sonido desaparecía o se escuchaba entrecortado, entonces alguien gritaba desde el sillón: ¡Dale un golpecito! y casi siempre había un valiente que se levantaba a mover la antena, girarla unos centímetros o darle un pequeño golpe al costado del televisor. Como por arte de magia la imagen regresaba, luego se escuchaba la frase que todos recordamos: ¡Ahí… ahí déjalo! ¡No te muevas!

Hoy sabemos que aquellos aparatos funcionaban con una tecnología muy distinta, dependían de señales analógicas, antenas y componentes que con el paso del tiempo perdían estabilidad. Aquel pequeño movimiento muchas veces mejoraba la recepción o restablecía un contacto interno.

La verdadera magia nunca estuvo en el televisor, estaba en la familia. Mientras uno acomodaba la antena, otro sostenía la puerta porque juraba que así se veía mejor, alguien daba instrucciones desde el sofá y otro terminaba riéndose porque, justo cuando volvía a sentarse la imagen fallaba otra vez. Nadie imaginaba que esas escenas tan simples algún día se convertirían en algunos de los recuerdos más valiosos de la vida.

Después llegaron las pantallas planas, el cable digital, el internet, el streaming y miles de opciones para ver lo que uno quiera, cuando quiera. Pero también desapareció algo: antes toda la familia esperaba la misma hora para ver el mismo programa, hoy cada quien mira una pantalla diferente. Antes la sala era el corazón de la casa, hoy, muchas veces, todos están bajo el mismo techo con la gran diferencia de que cada uno vive en su propia señal.

Quizá por eso recordamos con tanto cariño aquellos viejos televisores, no porque fueran mejores, sino porque alrededor de ellos aprendimos a convivir, a reír, a esperar y a compartir. De seguro lo que más extrañamos no es aquel viejo televisor, extrañamos a las personas que estaban sentadas a nuestro lado, las risas, las voces, los domingos, y esos pequeños momentos que, sin saberlo, terminaron convirtiéndose en los recuerdos más grandes de nuestra vida.

Martillazooo final

Las historias sencillas suelen esconder las mejores enseñanzas, y esta no habla únicamente de un viejo televisor, habla también de la política, “la polaca” donde al igual que aquellos aparatos, hay momentos en que la señal comienza a llenarse de ruido, las voces se enciman, la imagen pierde claridad, ya no se distingue quién conduce, quién propone o hacia dónde se mueve realmente el escenario.

Entonces aparecen quienes creen que la solución es gritar más fuerte, otros piensan que basta con cambiar de canal, otros más siguen convencidos de que el aparato funciona igual que hace veinte años.

Lo que si es verdad, es que está política tiene una regla que nunca falla: cuando la señal deja de ser clara, la gente empieza a buscar otra frecuencia, precisamente eso es lo que suele ocurrir antes de los grandes cambios, cambios que, no empiezan el día de la elección, empiezan mucho antes, empiezan cuando cambia el rumbo de la conversación, cuando las miradas cambian, cuando la gente deja de ver la misma pantalla de siempre.

¿Será que por eso, de vez en cuando, hace falta un pequeño golpecito?, y no precisamente para romper el televisor, sino para recordar que el problema nunca fue la pantalla, el problema era la señal.

Con toda claridad podemos decir que “no hay peor espectador que el que sigue creyendo que las rayas son la señal”

El que entendió, entendió!, los demás que sigan viendo rayas.

MARTILLAZOOO!

QDTB SIEMPRE y recuerda que lo mejor está por venir!

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