No estamos descubriendo el hilo negro, esto ha pasado siempre, aunque no se hable tanto de ello. Hay cosas que todos saben, pero pocos señalan.
2027, partidos políticos, reglas, métodos, discursos de apertura. Todo listo para construir la narrativa de una contienda democrática.
Por un lado, Morena apuesta por encuestas. Habla de escuchar al pueblo, de medir quién está mejor posicionado, de dejar que la gente decida. Por el otro, el PAN presume apertura. Tras su reciente Asamblea Nacional, abre la puerta incluso a ciudadanos sin militancia, vendiendo la idea de una competencia más amplia, más incluyente. En el papel, ambos modelos suenan bien, incluso modernos, aunque sabemos que la política real no siempre se define así, en papel.
Mientras se anuncian reglas, también se mueven estructuras. Mientras se habla de participación, también se construyen acuerdos. Mientras se promueve la competencia, también se cuidan equilibrios. Y es precisamente ahí donde entra el verdadero poder.
Ese poder que no sale en la boleta, ese que no pide el voto, ese que no aparece en spots ni en eventos, ese que verdaderamente influye. No es solo quién puede participar, es quién realmente puede avanzar. No es solo quién levanta la mano, es quién recibe el respaldo. No es solo quién gana una encuesta, es quién valida ese resultado.
Incluso en el caso de las encuestas, la discusión sube de nivel: ¿Son telefónicas o en territorio? ¿Qué tan representativas son? ¿Quién las levanta? ¿Quién decide cuál vale? Más allá de lo técnico, hay una pregunta más importante: ¿Quién tiene la última palabra?
Lo mismo aplica para los procesos “abiertos”. Abrir la puerta no significa soltar el control,
significa, muchas veces, administrar quién entra y hasta dónde llega.
Aunque las reglas se presentan como claras y transparentes, eso no significa que el proceso sea completamente visible para la ciudadanía. Al final, no se trata solo de cómo se decide, sino de qué tanto se dejan ver de esas decisiones.
Así, entre reglas, encuestas y discursos de participación, se construye una realidad que pisa callos: La democracia interna existe, pero no siempre define. En concreto, las decisiones importantes no siempre se toman en público, se toman en espacios donde no hay votos pero sí acuerdos. Donde no hay ciudadanía, pero sí poder. Esto no necesariamente rompe la ley, pero sí pone en duda la esencia.
Cuando los resultados parecen encaminados, cuando los nombres se acomodan antes de competir, cuando la sorpresa deja de existir, la duda crece. No duda de fraude, sino de control.
Martillazooo final
Al final, no siempre llega el que la gente quiere, sino el que las estructuras permiten. Cuando eso pasa, la democracia no desaparece, pero empieza a parecer simulación.
