“Abre tu boca, y yo la llenaré.” Salmo 81:10
A veces oramos como si tuviéramos miedo de pedir demasiado.
Pedimos poquito. Esperamos poquito. Soñamos con prudencia. Incluso llegamos a presentarle nuestras necesidades a Dios acompañadas de una lista de razones por las que quizá aquello que deseamos sea demasiado grande.
Pero hoy la Palabra nos presenta una invitación sorprendente:
“ABRE TU BOCA, Y YO LA LLENARÉ.”
No es una invitación a exigirle cosas a Dios ni una promesa de que recibiremos automáticamente todo aquello que deseemos.
Es algo mucho más profundo.
Es Dios diciéndole a Su pueblo:
“Acércate. Habla conmigo. Pide. Confía. No tengas miedo de depender de Mí.”
El versículo completo comienza recordando algo importante: “Yo soy Jehová tu Dios, que te hice subir de la tierra de Egipto.”
Antes de decirles que abrieran la boca, Dios les recordó quién era Él y lo que ya había hecho.
Ahí está la clave.
Nuestra confianza para pedir no nace del tamaño de nuestros méritos.
Nace del tamaño de nuestro Dios.
NO ORAMOS CON CONFIANZA PORQUE MEREZCAMOS TODO. ORAMOS CON CONFIANZA PORQUE SABEMOS DELANTE DE QUIÉN ESTAMOS.
Quizá llevas tiempo presentándole a Dios la misma petición.
Una puerta que necesitas que se abra.
La restauración de tu familia.
Un problema económico.
La salud de alguien que amas.
Un proyecto que parece imposible.
Una oportunidad.
Dirección para tomar una decisión.
O simplemente fuerzas para continuar.
Sigue orando.
No conviertas el silencio de hoy en una respuesta definitiva.
Dios puede responder “sí”.
Puede decir “todavía no”.
Puede cerrar una puerta porque existe otra.
Puede modificar aquello que estás pidiendo.
Incluso puede comenzar cambiándote a ti antes de cambiar tus circunstancias.
Pero ninguna de esas posibilidades debería impedirte acercarte.
LA ORACIÓN NO CONSISTE EN CONVENCER A DIOS DE HACER NUESTRA VOLUNTAD. CONSISTE EN ABRIR DELANTE DE ÉL NUESTRO CORAZÓN Y CONFIAR EN SU VOLUNTAD.
La imagen que nos deja este mensaje es hermosa.
Pensemos en un pequeño pájaro dentro de su nido. Cuando llega quien habrá de alimentarlo, abre completamente el pico.
No calcula.
No pretende ser autosuficiente.
No tiene vergüenza de reconocer que necesita recibir.
Simplemente abre la boca.
Nosotros muchas veces hacemos exactamente lo contrario.
Intentamos resolverlo todo.
Controlamos.
Calculamos.
Nos preocupamos.
Imaginamos escenarios.
Agotamos nuestras posibilidades.
Y solamente después, cuando sentimos que ya no podemos más, decimos:
“Ahora sí voy a orar.”
¿Y si cambiáramos el orden?
ORA ANTES DE AGOTARTE.
Ora antes de tomar esa decisión.
Ora antes de responder ese mensaje.
Ora antes de cerrar esa puerta.
Ora antes de comenzar el proyecto.
Ora antes de rendirte.
Ora cuando las cosas van mal, pero también cuando todo marcha bien.
Porque la oración no debería ser únicamente nuestro último recurso.
Debería formar parte de nuestro primer movimiento.
Y cuando ores, no necesitas palabras impresionantes.
Dios no está calificando discursos.
Puedes hablarle con la sencillez de un hijo:
“Señor, tengo miedo.”
“Necesito ayuda.”
“No sé qué hacer.”
“Abre esta puerta si viene de Ti.”
“Ciérrala si me apartará de Tu propósito.”
“Cuida a mi familia.”
“Dame fuerzas.”
“Enséñame.”
“Perdóname.”
“Aquí estoy.”
Eso también es abrir la boca.
DIOS NO NECESITA UNA ORACIÓN PERFECTA. QUIERE UN CORAZÓN DISPUESTO A ACERCARSE.
Y quizá hoy debemos recuperar también la capacidad de pedir cosas grandes.
No solamente cosas materiales.
Pidamos una fe más grande.
Más sabiduría.
Más paciencia.
Más capacidad para perdonar.
Más dominio propio.
Más oportunidades para servir.
Más amor por nuestra familia.
Más sensibilidad para reconocer la dirección de Dios.
Más valentía para hacer lo correcto.
Más de Cristo en nuestra vida.
Porque algunas de las bendiciones más grandes que podemos recibir no caben en una cuenta bancaria.
Y existe otra parte fundamental: después de abrir la boca para pedir, necesitamos abrir también el corazón para aceptar.
Porque confiar en Dios no significa decirle exactamente qué debe hacer.
Significa poder decir:
“SEÑOR, ESTO ES LO QUE DESEO, PERO CONFÍO MÁS EN TU SABIDURÍA QUE EN LA MÍA.”
Ahí la oración deja de ser solamente una lista de peticiones y comienza a convertirse en una verdadera relación con Dios.
Pedimos.
Esperamos.
Escuchamos.
Confiamos.
Y seguimos caminando.
Tal vez hoy no veas todavía aquello por lo que has estado orando. Eso no significa que debas dejar de acercarte.
Continúa.
Porque algunas respuestas llegan abriendo puertas y otras cerrándolas.
Algunas llegan cambiando circunstancias.
Otras llegan dándonos la fortaleza necesaria para atravesarlas.
Y algunas de las respuestas más grandes de Dios comienzan transformando nuestro corazón.
Oración
Señor, hoy vengo delante de Ti sin discursos complicados y con el corazón abierto. Tú conoces mis necesidades, mis sueños, mis preocupaciones y aquellas peticiones que llevo tiempo presentándote.
Dame confianza para pedirte grandes cosas, pero también humildad para aceptar Tu voluntad. No permitas que mi fe se limite únicamente a aquello que yo considero posible.
Llena mi vida de sabiduría, paz, fortaleza, amor y dirección. Cuida a mi familia, guía mis decisiones y abre las puertas que formen parte de Tu propósito. Si alguna debe permanecer cerrada, dame entendimiento para aceptarlo.
Enséñame a acudir a Ti antes de agotarme intentando resolverlo todo por mis propias fuerzas. Que nunca olvide que puedo hablar contigo en cualquier momento, con palabras sencillas y con la confianza de saber que me escuchas.
Y sobre todas las cosas, Señor, lléname más de Ti.
Que si voy a pedir algo grande hoy, sea tener una fe más grande, un corazón más limpio, mayor sabiduría para vivir, más amor para dar y mayor disposición para cumplir Tu voluntad.
En el nombre de Jesús. Amén.
ABRE TU BOCA Y PIDE. ABRE TU CORAZÓN Y CONFÍA. NO MIDAS TUS ORACIONES POR EL TAMAÑO DE TUS POSIBILIDADES, PORQUE TU FE NO DESCANSA EN LO QUE TÚ PUEDES HACER, SINO EN EL DIOS AL QUE LE ESTÁS HABLANDO.
QDTB SIEMPRE.
Lo mejor está por venir.
