El castor que nunca aceptó equivocarse

Dicen los viejos que la inteligencia es una bendición, hasta que se convierte en soberbia.

En un río vivía un castor que era admirado por toda la colonia, nadie construía diques como él, nadie entendía las corrientes mejor que él. Cada obra llevaba su sello, cada decisión pasaba por sus manos. Con el tiempo dejó de ser un gran constructor para convertirse en alguien convencido de que jamás podía equivocarse. Y eso fue el principio del fin.

Un primavera apareció una grieta en el dique principal, no era un problema imposible, había tiempo para corregirlo, había compañeros con experiencia, había otras ideas sobre la mesa, pero el castor no escuchó a nadie, confiaba más en su orgullo que en el río. Diseñó un plan tan complejo que solo él decía entenderlo, no aceptó preguntas, no permitió opiniones, no preparó un plan alterno. Estaba convencido de que un genio no necesita segundas opciones.

Llegó el momento de ejecutar la maniobra, y el río hizo lo que siempre hace, siguió su curso, la corriente cambió, los troncos se movieron, la salida quedó bloqueada, el agua comenzó a subir, y por primera vez, el gran estratega descubrió que la naturaleza no negocia con el ego. Fue entonces cuando dejó de pensar, entró en pánico, comenzó a dar órdenes distintas cada minuto. Quitaba un tronco, ponía otro, movía ramas de un lado para otro, gritaba, improvisaba. Y cada decisión nueva empeoraba el error anterior.

La colonia observaba incrédula. el problema ya no era la grieta del dique, el verdadero problema era quien seguía negándose a aceptar que su plan había fracasado.

El viejo búho, que había permanecido en silencio durante todo el tiempo, simplemente bajó la cabeza y dijo: “El río nunca destruyó el dique“, “Lo destruyó el orgullo de quien dejó de escuchar.”

Y es curioso, porque la política también tiene sus propios castores. Esos estrategas que durante años convencen a todos de que siempre tienen la razón. Los que creen que no necesitan escuchar, los que descalifican cualquier opinión distinta, los que convierten un proyecto en una extensión de su propio ego. Hasta que un día los cálculos dejan de salir y, en lugar de detenerse para corregir, empiezan a improvisar, cambian el discurso, cambian la narrativa, cambian las prioridades, mueven piezas de un lado para otro, buscan explicaciones, buscan culpables, buscan cualquier cosa menos reconocer que el problema pudo haber empezado en la mesa donde se tomaban las decisiones.

Hay algo que los grandes estrategas entienden desde el primer día, ningún proyecto fracasa por una sola decisión, fracasa cuando quien dirige deja de escuchar, cuando el orgullo ocupa el lugar de la estrategia, cuando las críticas se convierten en ofensas, y cuando cualquier voz distinta comienza a verse como un enemigo.

Los proyectos sólidos no se construyen alrededor de una sola persona, se construyen alrededor de las mejores ideas, aunque esas ideas no sean propias, aquí está la diferencia entre un líder y alguien que simplemente disfruta que le den la razón. El liderazgo inspira confianza, el ego exige obediencia.

Tarde o temprano la realidad termina poniendo a cada uno en su lugar.

Martillazooo final

Los grandes estrategas también se equivocan, la diferencia es que los más grandes lo reconocen, corrigen, aprenden, escuchan. Los demás, los de la bola, pasan meses buscando culpables.

El río nunca destruyó el dique, lo destruyó la soberbia de quien creyó que nunca podía equivocarse.

Dicen los viejos que la inteligencia abre puertas, pero el orgullo las cierra todas. Por eso podemos decir que “El que no oye consejo no llega a viejo” y en la política tampoco llega muy lejos.

El que entendió, entendió!. Los demás que sigan creyendo que el río siempre tiene la culpa.

MARTILLAZOOO!

QDTB SIEMPRE y recuerda que lo mejor está por venir!

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