Dormir de corrido durante ocho horas no siempre ha sido la regla. De hecho, diversos estudios históricos y científicos indican que, durante gran parte de la historia de la humanidad, las personas dormían en dos periodos separados por un lapso de vigilia.
El historiador Roger Ekirch, especialista en historia del sueño, documentó más de 500 referencias al llamado “primer sueño” y “segundo sueño” en diarios, textos médicos, obras literarias y documentos que abarcan desde la Europa medieval hasta otras regiones del mundo.
Según estas investigaciones, las personas solían acostarse poco después del anochecer y dormir entre tres y cuatro horas. Después permanecían despiertas durante una o dos horas, tiempo que aprovechaban para leer, orar, conversar, meditar o realizar actividades tranquilas, antes de volver a dormir hasta el amanecer.
Décadas más tarde, el psiquiatra e investigador Thomas Wehr, del Instituto Nacional de Salud Mental de Estados Unidos, realizó experimentos en los que eliminó la exposición de voluntarios a la luz artificial. Tras varias semanas, los participantes comenzaron a dormir espontáneamente bajo este mismo patrón bifásico.
Estos hallazgos han llevado a algunos especialistas a plantear que el sueño continuo de ocho horas podría estar influenciado por los hábitos modernos, la iluminación artificial y los horarios laborales establecidos desde la Revolución Industrial.
Sin embargo, los expertos también aclaran que despertarse ocasionalmente durante la noche no significa necesariamente que exista un trastorno del sueño. En muchos casos puede ser una variación normal del descanso.
Aun así, si los despertares nocturnos son frecuentes, persisten durante varias semanas, generan cansancio durante el día o afectan la calidad de vida, lo recomendable es acudir con un médico o especialista en medicina del sueño para una valoración adecuada.
Más que un defecto del cuerpo, algunos despertares nocturnos podrían ser un reflejo de un patrón de descanso que acompañó a la humanidad durante miles de años.
