Existe una vieja fábula que cuenta la historia de un enorme roble que crecía orgulloso a la orilla de un río, alto, fuerte, robusto, imponente. Durante años observó cómo las cañas se doblaban cada vez que el viento soplaba, aquella imagen le parecía ridícula. Él permanecía firme, recto e inamovible, convencido de que aquella fortaleza era la prueba de su superioridad. Con el paso del tiempo comenzó a creer que nada podía derribarlo, había resistido tormentas, había soportado temporadas difíciles, había visto caer otros árboles, había sobrevivido a vientos que parecían imparables. Aquella historia de resistencia terminó convirtiéndose en una especie de escudo mental, el roble ya no solamente era fuerte, también estaba convencido de que era invencible.
Las cañas observaban en silencio, no eran tan altas, no eran tan impresionantes, no proyectaban poder, no despertaban admiración, simplemente entendían algo que el roble nunca quiso comprender: el viento no siempre se enfrenta, a veces se entiende, a veces se estudia, a veces se deja pasar. La diferencia parecía pequeña, no lo era.
En “la polaca” ocurre algo parecido. Existen personajes que acumulan años de experiencia, cargos, relaciones, influencia y reconocimiento público, aprenden a sobrevivir crisis, aprenden a navegar conflictos, aprenden a resistir ataques. Con el tiempo esa experiencia se convierte en fortaleza, el problema aparece cuando también se convierte en soberbia. Existe una línea muy delgada entre la confianza y el exceso de confianza, entre la experiencia y la arrogancia, entre el colmillo político y la incapacidad para aceptar que los tiempos cambiaron.
Hay personajes que pasan tanto tiempo escuchando aplausos que terminan olvidando escuchar advertencias, hay quienes reciben tantas porras que comienzan a confundirlas con análisis, hay quienes pasan tantos años rodeados de espejos que dejan de mirar por las ventanas. Cuando esto ocurre, la realidad comienza a verse distinta, no porque haya cambiado, es porque dejaron de verla.
De pronto aparecen señales, encuestas, comentarios, opiniones, advertencias, capítulos que siguen abiertos, preguntas que continúan sin respuesta, desgastes acumulados, cambios generacionales, nuevos liderazgos, nuevas formas de hacer política. Todo esto empieza a soplar como el viento, al principio parece manejable, después parece incómodo, más tarde se convierte en una tormenta.
Lo curioso es que las tormentas rara vez aparecen de un día para otro, normalmente anuncian su llegada durante meses, incluso durante años. La mayoría las ve venir, la mayoría entiende el riesgo, la mayoría comienza a prepararse, algunos no. Algunos siguen convencidos de que la misma fórmula que funcionó antes volverá a funcionar una vez más, algunos siguen creyendo que el peso de su historia será suficiente para resistir cualquier vendaval, algunos siguen apostando a que la gente olvidará aquello que sigue recordando perfectamente. Es precisamente en este punto donde comienza el verdadero problema.
Tarde o temprano llega un momento en que la necesidad de unos y la ambición de otros terminan nublando la capacidad de leer correctamente la realidad. Los consejos dejan de ser consejos, los elogios sustituyen a los diagnósticos, las porras sustituyen a la estrategia, los espejos sustituyen a las ventanas. De pronto ya nadie quiere ser el que lleva malas noticias, de pronto todos encuentran razones para seguir adelante, de pronto cualquier señal de alerta se convierte en exageración, y cualquier crítica se convierte en ataque.
La historia cuenta que un día llegó una tormenta distinta, no era una tormenta cualquiera, era una de esas tormentas que ponen a prueba todo aquello que durante años parecía indestructible. Las cañas hicieron lo mismo de siempre, se doblaron, cedieron, esperaron, entendieron que la fuerza del viento era mayor. El roble hizo exactamente lo contrario, se mantuvo firme, desafiante, orgulloso, convencido de que podía resistir una vez más.
Fue la última, el viento no lo venció por falta de fuerza, lo venció por exceso de rigidez, lo arrancó de raíz, y mientras caía entendió algo que ya no servía de mucho entender: su mayor fortaleza había terminado convirtiéndose en su mayor debilidad.
Martillazooo final
Como ya lo hemos venido diciendo, dicen los viejos que nadie escarmienta en cabeza ajena, tal vez tengan razón, el problema aparece cuando tampoco se escarmienta en la propia.
Existe una diferencia enorme entre resistir una tormenta y negarse a reconocer que la tormenta existe. La primera es fortaleza, la segunda suele ser necedad, y la necedad también tiene costo.
Hay árboles que no los tumba el viento, los tumba la idea de que jamás podrán caer. Aún así hay quienes siguen convencidos de que todavía no escuchan cómo se acerca la tormenta.
Cualquier parecido con la realidad política de Chihuahua es pura coincidencia.
El que entendió, entendió, los demás todavía tienen tiempo para hacer la tarea.
MARTILLAZOOO!
QDTB SIEMPRE… y recuerda que lo mejor está por venir.!
